GLOBALIZACIÓN, PROGRESISMO Y REFLUJO

Nuestra América en tres tiempos y tres discursos

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Por José Gregorio Hernández 

La presente ponencia recoge una aproximación crítica al discurso predominante en tres tiempos históricos del quehacer político en Nuestra América. Se muestra el carácter mistificador y eufemístico del discurso de la globalización (neoliberal), y el postmodernismo, propio de la última década del siglo pasado. Se caracteriza el discurso del progresismo en la primera década del presente siglo, que coadyuvó al triunfo electoral de una gama de líderes de izquierda con proyectos anti neoliberales; para luego analizar como posible causa del reflujo que actualmente experimentan dichos proyectos, la carencia de un discurso que responda a la nueva estructura social, surgida de la acción y la obra de gobierno de estos líderes progresistas. Se concluye en que la nueva sociedad, está ávida de otros discursos, capaces de ilusionarla, de avivar sus esperanzas y satisfacer sus nuevas aspiraciones e intereses.

El discurso globalizador

La caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), ya casi iniciando la última década del siglo pasado, realmente representó para muchos en Nuestra América, el fin de la historia2. Tales hechos significaron el inicio de una etapa de confusión, desesperanza, repliegue y “pronunciado reflujo que vivió el movimiento revolucionario mundial” (Guilli y Vasquez, 2013); acompañado de un despliegue y “(…) desarrollo de la hegemonía cultural por parte del enemigo de clase” (p.24) de los trabajadores y trabajadoras del mundo, en el que el sustento ideológico esbozado por Fukuyama, constituyó la punta de lanza de un discurso dirigido a descalificar y desalentar la lucha de clases como teoría y praxis revolucionaria.

En su componente académico, dicho discurso estuvo abanado por otro no menos significativo e impactante, el de la denominada postmodernidad. Petras (2008) advierte que “el posmodernismo se centra exclusivamente en la acción simbólica y cultural y en el «circo político», por encima y en contra de importantes luchas de clases, cambios en la propiedad y relaciones de clase.” (p.149) Esto sin duda, implica un costo oneroso a nivel del análisis social, cuando se hace desde esta visión. Jaime Osorio (2001), al tratar de orientar una forma de conocer la realidad social, nos previene al respecto:

…el discurso posmoderno da por sentada la desvalorización de la teorización y le da vuelo a un relativismo discursivo en el que “todo se vale”, e importa más la estética del discurso que su consistencia y capacidad explicativa de la realidad, o en el que predominan los llamados a “ir a la realidad concreta”, mistificando el dato, asumiendo una postura empirista ingenua frente a la propia noción de realidad, y otorgándole a la información un poder omnicomprensivo,  (p.11) (la cursiva es nuestra)

La caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), ya casi iniciando la última década del siglo pasado, realmente representó para muchos en Nuestra América, el fin de la historia2. Tales hechos significaron el inicio de una etapa de confusión, desesperanza, repliegue y “pronunciado reflujo que vivió el movimiento revolucionario mundial” (Guilli y Vasquez, 2013); acompañado de un despliegue y “(…) desarrollo de la hegemonía cultural por parte del enemigo de clase” (p.24) de los trabajadores y trabajadoras del mundo, en el que el sustento ideológico esbozado por Fukuyama, constituyó la punta de lanza de un discurso dirigido a descalificar y desalentar la lucha de clases como teoría y praxis revolucionaria.

En su componente académico, dicho discurso estuvo abanado por otro no menos significativo e impactante, el de la denominada postmodernidad. Petras (2008) advierte que “el posmodernismo se centra exclusivamente en la acción simbólica y cultural y en el «circo político», por encima y en contra de importantes luchas de clases, cambios en la propiedad y relaciones de clase.” (p.149) Esto sin duda, implica un costo oneroso a nivel del análisis social, cuando se hace desde esta visión. Jaime Osorio (2001), al tratar de orientar una forma de conocer la realidad social, nos previene al respecto:

…el discurso posmoderno da por sentada la desvalorización de la teorización y le da vuelo a un relativismo discursivo en el que “todo se vale”, e importa más la estética del discurso que su consistencia y capacidad explicativa de la realidad, o en el que predominan los llamados a “ir a la realidad concreta”, mistificando el dato, asumiendo una postura empirista ingenua frente a la propia noción de realidad, y otorgándole a la información un poder omnicomprensivo,  (p.11) (la cursiva es nuestra)

En el marco del desencanto posmoderno3 que sobrevino, la ciencia moderna dejó de ser portadora de la posibilidad “real” de un mundo mejor. Desaparece el sujeto histórico, la forma supera al contenido y la concreción a las teorías; haciéndose irracional el mundo social y cobrando fuerza la promoción del sentido común como método para aproximarse a dicho mundo. Un dato sobre valorado, una información sin referentes ni fuentes, cualquier matriz de opinión o acontecimiento “extraordinario”, pasa a tener mayor credibilidad que el conocimiento generado por “un sistema de ideas generales coherentes, lógico y necesario en cuyos términos sea posible interpretar cualquier elemento de nuestra experiencia”.4

Sobre este terreno, abonado por la bien orquestada y sustentada perorata postmodernista, germinará la globalización como discurso y práctica hegemónica imperialista, ahora sin polo opositor, sin potencia contra hegemónica y sin el “fantasma del comunismo”. Como término, globalización se convertirá en la palabra mágica, capaz de dar explicación a todo, al punto que el investigador Carlos Taibo (2007) nos refiere como sinónimo ingenioso,  “Globalblablá”, el cual trata de ilustrar esa vigorosa “verborrea poco respetuosa con el análisis racional de los hechos y nada vinculada con una visión estructurada, sea cual sea ésta, de los procesos en curso.” (p. 13). Nótese pues la materialización de la intencionalidad postmodernista, hacer del mundo social un hecho irracional y por tanto inexplicable desde la objetividad científica pregonada por la llamada modernidad.

De tal desajuste y como ya hemos dicho, “todo se vale”, de modo que desde los grandes centros económicos y en todas sus lenguas5, globalización se convirtió en una especie de comodín lingüístico y para Juan Carlos Monedero citado por Taibo (2007), no deja de sorprender que dicho término “(…) haya tenido tanto y tan rápido éxito  para describir toda la actualidad política, económica, jurídica y cultural en el planeta” (p. 13); con lo cual, a partir de los años 80, terminará por llenar el vacío ideológico dejado por el fin de la guerra fría y justificar todos los desmanes que caerán sobre los pueblos de Nuestra América como consecuencia de los lineamientos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), ambos en contubernio con gobiernos latinoamericanos dóciles que nos condujeron “a una reconversión de los antiguos Estados Nacionales” (ibídem, p.13) facilitando el avance del verdadero rostro que escondió la globalización: el neoliberalismo.

Cómo fenómeno, la globalización conlleva una franca supremacía de la economía sobre la política. De ahí el decretado “triunfo del mercado”6 una vez consumado el derrumbe del campo socialista al este de Europa; si, léase bien, al este de Europa, pues Cuba, por ejemplo, de este otro lado del mundo (Nuestra América), aferrada a su cultura emprendió lo que Fidel Castro Ruz denominara La Batalla de Las Ideas7, gesta ideológica y política que junto al denominado “período especial”, en lo económico, le ha permitido a la pequeña Isla resistir frente al recrudecimiento de la guerra económica que ha experimentado por más de 50 años por parte de los EEUU. Otro ejemplo es Venezuela, quién justamente cuando el muro se venía abajo y Alemania iniciaba su unificación (1989); la población de Guarenas y la de la capital se levantaron, al tiempo que, el resto del país siguió el ejemplo que Caracas dio; lo que devino en una rebelión popular que sirvió de preludio a la rebelión cívico militar del 4 de Febrero de 1992, y a la consiguiente derrota electoral (1999) y desplazamiento político de la denominada “democracia” puntofijista; con lo cual el socialismo dado por muerto en el viejo continente, comenzaba a resucitar en el Nuevo Mundo, a través de la llamada Revolución Bolivariana, que entre sus principales postulados esgrime la construcción del “Socialismo del siglo XXI”. Pero sobre esto volveremos más adelante, por ahora es preciso saber que caracteriza a la globalización de la cual tratamos de hablar y a su discurso.

El líder cubano Fidel Castro, al referirse a la misma expresa lo siguiente:

La globalización no es, a nuestro juicio, un capricho de nadie, no es, siquiera, un invento de alguien. La globalización es una ley histórica, es una consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas — y excúsenme por emplear esa frase que todavía quizás asuste a algunos por su autor—, un producto del desarrollo de la ciencia y de la técnica en grado tal, que aún el autor de la frase, Carlos Marx [aplausos], que tenía una gran confianza en el talento humano, posiblemente no fue capaz de imaginar. (1999, p. 10)

 

Ésta explicación sobre la génesis del fenómeno globalización, pudiera estar impregnada del determinismo económico e histórico que ciertos críticos y estudiosos del marxismo, le atribuyen al mismo. De modo que al hablar de globalización sin adjetivar el término, es decir, sin definir a qué tipo de globalización nos referimos en particular, pudiera verse como ingenuo creer que no hay una o muchas manos; una o muchas mentes detrás del fenómeno en cuestión. De Fidel podrá decirse mucho a favor o en contra, pero en ningún caso que es ingenuo; por lo que es preciso decir que en el texto de donde proviene la cita anterior, deja claro esto al caracterizar el mundo en el que estamos viviendo. Al respecto dice: “…se trata de un mundo globalizado, realmente globalizado, un mundo dominado por la ideología, las normas y los principios de la globalización neoliberal.” (1999, p. 10) (La cursiva es nuestra). Para materializar éste mundo, fue necesario decretar e imponer el fin de las ideologías y sustituirlas por la ideología neoliberal como la única válida universalmente, perpetua y por ende hegemónica.

Carlos Taibo coincide con este planteamiento cuando al referirse a los movimientos antiglobalización, deja claro que su designio “… no estriba en cuestionar, de forma general, cualquier suerte de proceso globalizador: el objeto de su contestación es, (…) una modalidad concreta de la globalización que aquí hemos dado en etiquetar de “neoliberal”.” (2007, p. 15) Esta aclaración es necesaria, pues precisamente uno de los ataques que se nos hace al pararnos frente a las inadmisibles pretensiones del neoliberalismo, es que nos oponemos a la hermandad de los pueblos, a la trascendencia y universalidad del conocimiento humano, de la cultura y de valores universales de la humanidad. Pues no, la oposición es a la globalización de tipo neoliberal, o para ser más claro, al neoliberalismo (económico) disfrazado de globalización (humana, cultural), pero cuyo rostro real es como lo expresa Luis Garrido: “…una verdadera guerra económica de las grandes empresas transnacionales contra la mayoría de la población que son los asalariados; de ahí que se escude en nociones vagas como las de “la modernidad”, “la eficiencia económica”, o “la sociedad tolerante””. (1997, p.8)

Esta guirnalda de eufemismo a la que se puede agregar el de “sociedad civil global”, o “progreso”, o peor aún “Estado mundial”, facilitaron el encubrimiento e implementación de políticas anti pueblo, que en el caso latinoamericano dejaron, literalmente hablando, una estela de desempleo, pobreza y exclusión en todos los ámbitos, al desmantelar prácticamente el estado de bienestar que mal o bien se había conquistado con los denominados gobiernos socialdemócratas de esos Estados Nacionales de Bienestar, propios del siglo XX, los cuales como ya se ha dicho, debieron desmantelarse a partir de los años 70, para dar paso al descomunal crecimiento que experimentó en los años 80 y 90 el poder financiero transnacional, reduciendo a la nada a millones de seres humanos.

Esa forma troyana como se vendió el caballo globalizador neoliberal, cuyo contenido, además, no fue discutido con nadie y se esconde en “un discurso mistificador sobre la modernidad”8, evidencia el totalitarismo que caracteriza al neoliberalismo, proceso presentado como único y por ende perpetuo; pues no teniendo alternativa admisible, llegó para quedarse.  A ello se suma su carácter dogmático al presentar sus principios como verdades absolutas, incuestionables9, que suponen la construcción de una economía que nos beneficia a todos.

La realidad ha sido otra, la posibilidad de una vida medianamente digna de los pueblos hubo de subordinarse ante el capital especulativo de las corporaciones transnacionales, trocadas en agentes privatizadores de todo lo que sea susceptible de ser convertido en mercancía, incluyendo derechos humanos como el agua, la educación y la salud; a lo que se suma para garantizar la hipnosis global, el control monopólico de los medios de comunicación de masas, ahora hiper potenciados por el desarrollo de las Tics, inoculando en las mentes de todas las y los habitantes del planeta, la idea de un nuevo orden mundial, un  “nuevo mundo”, en el que por supuesto, el capital financiero transnacional, sería el gendarme planetario.

Esto último a simple vista parece exagerado; cuesta imaginar a todos los habitantes del planeta convencidos de ese nuevo mundo y de esa única y suprema jefatura global. La tragedia es peor que eso; lo que se ve es un enorme ejército de autómatas desconectados de la realidad, a los que poco importa quién gobierna el mundo, dado que están entretenidos en millones de cosas fútiles como, por dar un ejemplo: cazar y matar a través de sus variados teléfonos “inteligentes”, unos muñequitos llamados pokémon.

Es importante tener claro, que el gran objetivo y logro del discurso de la globalización, proyectado a través de la descomunal industria cultural hegemónica, ha sido precisamente enajenarnos de nuestra condición humana, hacernos extraños a nosotros mismo, aniquilar cualquier posibilidad de conciencia que nos conduzca a una acción coordinada de las fuerzas populares y movimientos sociales del mundo; a un programa alternativo frente a los desafíos de la globalización, para lo cual es fundamental caracterizarla plena y correctamente, sobre todo en su discurso, teniendo presente que “Los grandes crímenes contra la mayor parte de la humanidad se justifican mediante una corrupción corrosiva del lenguaje y el pensamiento, una deliberada maquinación de eufemismos, falsedades y engaños conceptuales.” (Petras, 2008, p.133)

Valiéndonos del ya citado texto de James Petras, veamos un inventario de términos y expresiones que tergiversan el lenguaje, y por nuestra ignorancia nos hacen cómplices de crímenes políticos y económicos, que sin ser exagerado, pueden calificarse de lesa humanidad.

 

 

ACCIONES EUFEMISMOS
“Crímenes monstruosos contra comunidades rurales perpetrados por la policía estatal” Son descritos como:

PACIFICACIÓN

“La reducción de salarios y servicios sociales” Recibe el nombre de:

ESTABILIZACIÓN

“Eliminación de la legislación laboral que protege al trabajador de los despidos arbitrarios y la debilitación de los sindicatos” Se califica de:

FLEXIBILIZACIÓN LABORAL

“La violencia estatal y paramilitar sistemática” Se denomina:

SEGURIDAD NACIONAL

“Los planes contrainsurgentes de gran escala, financiados por los poderes imperiales extranjeros” (Ejemplo el Plan Colombia) Ostentan la etiqueta de:

MEDIDAS PARA LA SALVACIÓN NACIONAL

“A los defensores de los derechos humanos que protegen a las víctimas de la violencia militar” Se los llama:

CÓMPLICES DE LOS TERRORISTAS

“La oposición a los vínculos militares y políticos con los escuadrones de la muerte” Se llama:

TERRORISMO

“Destruir miles de comunidades y desplazar a millones de personas”

(un ejemplo del “pretexto de asignar una terminología neutral, seudocientífica, a los actos inhumanos”)

Es descrito como:

LIQUIDACIÓN DE ELEMENTOS SUBVERSIVOS (equiparándolos a eliminación de insectos nocivos)

“…reducir el déficit comercial y presupuestario mediante la reducción de los salarios, a la vez que se mantienen las subvenciones y las exenciones fiscales a las clases dominantes” En boca de las autoridades estatales es: ESTABILIZACIÓN

Fuente10 (El cuadro es nuestro)

 

Constituye un deber militante de todo intelectual progresista o comprometido con la causa de los pueblos, precisar esas frases, términos y eufemismos, a fin de estudiar e ilustrar para las masas a las que están dirigidos, lo que verdaderamente entrañan, lo que ocultan; anestesiando mentalmente “a la población no directamente afectada por la violencia del Estado”11, la cual termina haciéndose ajena a la misma y agradeciendo el carácter benéfico de un lenguaje que le vela la “inicua realidad”12 y le presenta un mundo de fantasías.

 

El discurso progresista

 

“Una característica común de estas candidaturas,

es que lograron movilizar hacia las urnas a los

crecientes sectores sociales cansados de esperar

el «derrame» de la riqueza anunciada por los

 heraldos Neoliberales, tres décadas antes ”

Roberto regalado13

 

Entre diciembre de 1998 y diciembre de 2006, se materializaron los triunfos electorales presidenciales de una variopinta constelación de líderes nuestroamericanos. Si bien es cierto que la mayoría de ellos proviene de movimientos sociales y organizaciones de izquierda, también lo es que los factores y el proceso que facilitaron su acceso al poder tienen matices diferentes.

Hugo Chávez, militar de carrera, cuyo triunfo en diciembre de 1998 inicia la marea progresista que ha de lograr victorias contundentes frente a las pretensiones imperialistas, entre las que se cuenta la derrota del ALCA  en la Cumbre de Mar del Plata en el 200514; además de la constitución de la ALBA, la UNASUR y la CELAC15; y Evo Morales en Bolivia, líder del movimiento cocalero (primer presidente indígena del mundo, lo cual ya es bastante); acceden al poder producto del “quiebre o debilitamiento  de la institucionalidad democrático-burguesa”16, en sus respectivos países.

Más al sur del continente, tanto el dirigente obrero y sindical Luíz Inácio “Lula” da ´Silva, en Brasil, como el médico Tabaré Vásquez en Uruguay; lo harán “por acumulación política y adaptación a la gobernabilidad democrática”17, suerte de «monstruo de Frankenstein», o de «chicha con limonada», que “implica un cambio de forma en la política del imperialismo norteamericano hacia América Latina” (Regaldo, 2008, p.21); dándole rostro “democrático” a lo que constituyó su accionar político anterior, fundamentado en el “concepto de gobernabilidad (…) formulado por la comisión Trilateral en la década de 1970 para contrarrestar lo que sus miembros identificaban como un «exceso de democracia».” (Ibidem, p.20). De modo que cabe preguntarse: ¿Cómo puede ser democrática lo que nació para restringir a la democracia misma? Habría que resucitar para preguntárselo al banquero David Rockefeller, fundador de la monopolista y transnacional comisión en 1973, justo el año en que se aplastaba ese “exceso de democracia” que fue el gobierno socialista de la Unidad Popular, que encabezara el presidente mártir Salvador Allende Gossens, y sobre el cual expresara en 1969 el representante de la diplomacia estadounidense, Henrry kissenger: “No veo ninguna razón para permanecer quietos mientras vemos como un país (Chile) se hace comunista por la irresponsabilidad de su propia gente” (citado por VALENCIA, 2009, p. 3  )

En Centroamérica, Daniel Ortega, Comandante guerrillero y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), retornarán al poder 17 años después de la derrota electoral que el Sandinismo sufriera en 1990, tras la cual se iniciaron casi dos décadas de gobiernos neoliberales en Nicaragua. Esta victoria electoral a diferencia de los casos de Venezuela, Bolivia, Brasil y Uruguay, respondió a la capacidad del FSLN para “mantener y ampliar su control sobre resortes del poder, de conservar el apoyo de una parte importante del electorado y de maniobrar políticamente”18.

El sistema electoral liberal burgués, suele darnos sorpresas o pescas en ríos revueltos, sobre todo en tiempos de crisis social. Así las cosas, dicha crisis encontró a Ecuador sin un liderazgo político capaz de encausarla, lo que permitió que un disidente de un gobierno neoliberal, sin ninguna trayectoria política conocida, menos aún de izquierda o al menos progresista, accediera a la primera magistratura en noviembre de 2006. El economista Rafael Correa, el muchacho de Harvard, al frente de Alianza País y con la promesa de convocar una Asamblea Constituyente para frenar el orden neoliberal impuesto, completará la avalancha progresista que junto al giro del “Peronismo Kirchneriano ”constituirá un freno o  complicará la continuidad sin oposición, al menos durante la llamada década ganada, del huracán neoliberal que arrasaba a Nuestra América.

            Ahora bien, si tuviéramos que buscar que tienen en común estos líderes y sus respectivos movimientos y organizaciones políticas y sociales, en medio de las evidentes diferencias que muestran sus orígenes y procesos para llegar al poder, tendríamos que considerar seguramente entre otras cosas, el carácter progresista de su discurso, de sus propuestas; lo que abrió una esperanza ante el vendaval neoliberal que arrasó con pueblos enteros y los condenó a la pobreza extrema, al hambre, a la insalubridad y a la peor de todas las condenas; el analfabetismo y la ignorancia.

Ese discurso que invita a la participación de todos, a la comunión, a la marcha unida de los desprotegidos contra la barbarie neoliberal, puede apreciarse en la denominación de las agrupaciones y organizaciones políticas y sociales: Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua; Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR 200) y Movimiento V República (MVR) en Venezuela; Movimiento de los Cocaleros y Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia; Partido de Los Trabajadores (PT) y Movimiento de Los sin tierras en Brasil; Frente Amplio  en Uruguay, y Alianza País en Ecuador. Todos denominados por sustantivos que denotan la necesaria unidad, organización y movilización para la consecución del poder y eliminación de las políticas neoliberales.

De ahí el inventario de consignas referidas a la igualdad, inclusión, justicia social y participación protagónica  de todos y todas; la promoción de la protección del planeta, de la diversidad cultura, lo multiétnico, y el reconocimiento de los invisibilizados (Indígenas, campesinos, afro descendientes, mujeres, comunidades lésbicas, ancianos, otros); además de la reafirmación de la soberanía y autodeterminación de los pueblos; así como el llamado a la transformación, refundación, revolución y cambio en la estructura social, política y económica de nuestras repúblicas.

Ello explica la democratización que se impulsó del tema constitucional, puesto en boca de todos para gestar los procesos constituyentes que facilitaron la transformación de la base jurídica y política de naciones, cuyas constituciones estaban a destiempo, o al servicio de la vorágine transnacional. Este paso abría las puertas al renacimiento del espíritu nacionalista y el orgullo patrio, tan estropeado por las políticas de la Globalización Neoliberal en la década perdida. En tal sentido, cobraron significación de nuevo los términos nación, soberanía  y nacionalización, iniciándose un proceso de repatriación de las rentas producto de la comercialización de nuestros recursos naturales. Llegado este momento, solo hizo falta la coherencia y honestidad de estos líderes, quienes a diferencia de sus antecesores, cumplieron con la palabra empeñada y asumiendo la equidad prometida, iniciaron un conjunto de acciones y programas sociales dirigidos a una distribución más justa de dicha renta.

            De modo que la implementación de ideas avanzadas que supone el progresismo, tanto en el ámbito político como en el social, no ha sido solo discurso, sino una praxis revolucionaria que está a la orden del día en la agenda de estos gobiernos, lo que ha redundado en la conformación y consolidación de una base social que en medio de la guerra económica y política que se fragua en los centros de poder imperial  desde los llamados think tanks19, ha podido resistir y mantener en el poder a estos gobernantes, aun usando sus armas melladas, como diría el Che; pues se ha hecho a través de procesos eleccionarios, refrendarios, consultivos y consensuales; es decir, mediante el sistema electoral liberal burgués, acentuando lo poco que de participativo tiene, pero siempre expuestos a las trampas, triquiñuelas y diversidad de mecanismos20, dirigidos a torcer la voluntad de los pueblos; facilitadas por el talón de Aquiles de la reforma social progresista, que en palabras de Regalado (2008), “es una estrategia que procura transformar ciertos aspectos del orden existente, o a ese orden en su totalidad. Sin destruir las relaciones de poder existentes” (p. 3)

El discurso sobre más y mayor democracia, adjetivándola de popular, obrera, participativa, socialista, de los pueblos, otros; constituye parte de la retórica que ha alimentado la emocionalidad y movilidad de las masas, lo que ha sido posible  además, por el contundente viraje de una considerable parte los recursos del Estado21, puestos a disposición del financiamiento de programas de inclusión social en materia de educación, salud, acceso al agua, alimentación, servicios públicos y hasta vivienda. Vale resaltar que la vivienda y el habitad como un derecho la gente, un derecho humano; comenzó a considerarse así, precisamente en estos gobiernos progresista, algunos de los cuales como el de Venezuela, lo convirtieron en un derecho constitucional. De modo que la empatía de la gente con sus gobernantes durante la primera década del nuevo siglo, es el resultado de una acción de gobierno coherente con el discurso que los y las llevó a la primera magistratura de sus respectivas naciones; y no producto de lo que la reacción neoliberal llama eufemísticamente  estatización o populismo, usando para ello a sus “académicos de centro izquierda”, “críticos de centroizquierda” o “críticos progresistas”; así como los “académicos críticos”22 enclaustrados en las autodenominadas ONG, y toda la gama de opinadores de la llamada “izquierda cultural”23

            Ahora bien, para terminar de comprender como ha operado lo psicológico en la conformación de esa base social que ha acompañado los proyectos y gobiernos progresistas de los primeros tres lustros del presente siglo, puede servirnos de ilustración lo que expresa Alejandro Fierro:

Toda construcción de un proyecto nacional popular se fundamenta en la creación de una identidad colectiva. Las individuales que componen un cuerpo social se reconocen en unas características comunes en torno a las que se unifican. Estos rasgos compartidos no sólo operan a lo interno sino también hacia el exterior. La identidad se forja tanto por lo que se es como por lo que no se es, entendido esto último como un antagonismo necesario: se es en la medida en que ese “ser” se opone a aquello que se caracteriza como un adversario. Cuando esa identidad adquiere capacidad de transformación social deviene en sujeto político.24

 

De ello se desprende que cada uno de estos liderazgos, así como sus respectivas naciones, en medio de sus particularidades, han devenido en un proyecto latinoamericano y/o nacional de corte popular, que los unifica, da identidad y corpus social, a partir de la necesaria contradicción con las políticas de la llamada globalización de tipo neoliberal. He ahí el adversario en torno al cual nuestros pueblos, conscientes de su capacidad destructiva y por ende antipopular, se han organizado y reconocido como actor político, y con las mismas armas del enemigo, le han propinado “por ahora”, derrotas que en los años 90, eran insoñables.

La categoría “pueblo”, sembrada en las mentes y almas de nuestras sufridas naciones desde los tiempos de la gesta independentista, logra al fin consolidarse, al menos en este período (1998-2013), en antagonismo a la categoría “oligarquía”; lo que fue posible gracias a un discurso capaz de reavivar la tesis de la lucha de clases, identificando a las clases dominantes como portadoras, defensoras y beneficiarias del discurso neoliberal y sus políticas contrarias a los intereses de las masas; de la mayoría, es decir, del pueblo.

Otra razón del éxito de la arenga progresista, lo constituye el hecho de haber ampliado los sectores integrantes de la categoría pueblo. Desde aquellos ubicados en los estratos C y D; así como la clase media profesional, comercial, y hasta los llamados emprendedores y pequeños industriales, se vieron “encantados” por un alegato que fue capaz de develar el peligro para sus intereses, subyacente tras la cortina globalizadora. El chavismo, por ejemplo, tanto en Venezuela como en Latinoamérica y el mundo, pudo meter en un mismo saco a cristianos y ateos; marxistas, comunistas, socialistas ortodoxos o reformistas socialdemócratas; social cristianos, islamistas, judaicos y otros. Logró reunir en torno a un proyecto popular de reconstrucción nacional, sectores sociales tan disímiles como el de pobreza extrema por un lado y la llamada clase media a la que se llegó a adjetivar de positiva25, por el otro.

Pero en política nada es eterno. El cambio paradójicamente, es lo único permanente y constante; por lo que la forma de hacer política tiene que ser una capaz de leer el contexto, interpretarlo y generar los cambios que sean necesarios tanto en el discurso como en el accionar. Fierro (2016), en el artículo ya referido sintetiza esta idea al afirmar:

Al igual que ningún proceso de construcción política surge de la nada, tampoco llega nunca a una meta definitiva. Vive siempre en una tensión dinámica, tanto con su antagonista como consigo mismo. Pasa por momentos de avanzada y por etapas de reflujo. Y los sectores a partir de los cuales se constituye tampoco son inmutables. Unos varían, otros desaparecen y llegan nuevas incorporaciones.

 

Esta premisa da luz para tratar de entender el momento de reflujo que viven los gobiernos progresistas latinoamericanos, situación aunque no igual de trágica, si parecida a la vivida a inicio de los años 90 cuando el discurso que identificaba y daba cuerpo a las masas populares, perdió vigencia, dejó de ilusionar, de convencer, de movilizar; y se desvaneció frente al encanto que despertó la jerga postmodernista y globalizadora. Así las cosas, el discurso progresista, de inclusión y justicia social ya no seduce a una clase media que fue rescatada cuando se encontraba al borde de su extinción, así como tampoco a amplios sectores de la juventud, cuyas carencias de sus antecesores han sido verdaderos privilegios para ellos.

 

El reflujo… la carencia de un discurso que reilusione

 

Para decirlo claramente, el progresismo le

sigue dirigiendo la palabra a un interlocutor

que ya no existe, que se mudó de clase,

y ahora quiere escuchar otras cosas.

Guillermo Oglietti26

 

¿Cómo debe entenderse eso de: se mudó de clase?, ¿a cuál clase?; ¿qué hizo posible dicha mudanza? La magnitud de la obra transformadora ha sido tal, que los gobiernos progresistas de los que hemos venido hablando, no han logrado interpretar a nivel comunicacional el impacto del cambio operado en la estructura social, mediante el cual  hechos verdaderamente extraordinarios se han convertido en acciones ordinarias en favor de los pobres, de los más desposeídos. Bolivia y Venezuela por ejemplo, fueron declaradas por la ONU como territorios libres de analfabetismo, amén de los reconocimientos otorgados por la FAO tanto en Brasil como en la patria de Bolívar, por la lucha emprendida contra el hambre. Guillermo Oglietti (2016), refiriéndose a la proeza de los gobiernos progresista nos ilustra así:

durante la década ganada lograron sacar de la pobreza a más de 90 millones de ciudadanos que pasaron a enrolar el ejército de esta clase media incomprendida. Así, la clase media engordó con estos nuevos ascensos y el de los jóvenes que tuvieron la fortuna de nacer en esta clase media sin haber padecido las penurias que sufrieron sus padres.26

 

Ahora bien, es incomprendida, porque se demanda de esa clase media un reconocimiento y agradecimiento que debe traducirse en apoyo electoral a los gobiernos que generaron las condiciones para su movilidad social. Pero tal exigencia se basa sobre una lectura errónea; la nueva clase media y la juventud estarían dispuestos a sufragar por quienes llenen sus nuevas expectativas materiales, sus nuevas aspiraciones de crecimiento social y económico. La desigualdad ha quedado atrás, y en tiempos de globalización la memoria es corta.

De modo que ya no le hablamos al ejército de excluidos y reducidos a la nada por la globalización neoliberal. Si bien es cierto que aún hay rémoras de esa masa humana empobrecida y excluida, no lo es menos el hecho de que una amplia mayoría de la misma ha migrado socialmente, se ha movilizado, y en tal sentido, tiene nuevas expectativas e intereses, que trascienden la promesa de la inclusión e igualdad, puesto que ya no están al margen; más aún, se han igualado en aspectos tan sensibles para el ser humano como el acceso a servicios públicos básicos, alimentación y educación. No entender esto, pudiera ser una de las causas de las recientes derrotas electorales que han encendido la alarma, obligando a estudiar la pertinencia y efectividad del discurso progresista frente a la contraofensiva neoliberal.

Mientras las expectativas y aspiraciones de orden material de la juventud y de estos nuevos actores de la clase media, se han transformado por el cambio experimentado en la estructura social, el discurso de los gobiernos progresistas sigue siendo el mismo, basado en el principio de la igualdad, el cual ya no atrae, no atrapa, no seduce; por lo que es urgente la búsqueda de “ejes de diálogo” diferentes con los segmentos clase media y juventud, por ejemplo; o con los pueblos indígenas, que ahora como consecuencia de un reconocimiento y una libertad antes negada; o bien por manipulación, acentúan su lucha por la defensa de la tierra o “Pacha mama” y terminan enfrentados a los gobiernos que por vez primera, han puesto la riqueza nacional o sus recursos naturales, al alcance de la población indígena.

En un interesante artículo de opinión, Armando Álvarez titula con la siguiente interrogante: ¿el agotamiento del discurso? Al respecto responde entre otras considerables valoraciones lo siguiente:

…es evidente que las formas discursivas debemos ubicarlas en un tiempo y espacio determinado. La realidad real termina imponiéndose. El discurso cuando no es capaz de representar o captar en su justa dimensión el acontecer histórico social, pierde su eficiencia explicativa, en consecuencia, asistimos al agotamiento de una narrativa, al agotamiento de un discurso.28

 

Se agota por extemporáneo, por descontextualizado; porque no responde a la nueva realidad; no puede explicarla por cuanto ésta lo ha rebasado. No se trata de abandonar nuestra lucha por la inclusión y la igualdad social, ni de negar nuestra vocación revolucionaria por la defensa y redención de la humanidad; pero debemos considerar y estudiar, porqué el discurso que promueve esas justas aspiraciones, no logra en este momento horadar los corazones y la mente, ni aun de aquellos a los que reivindica.

El rebrote de gobiernos neoliberales que experimenta Nuestra América, nada más y nada menos que en la gran Argentina con Mauricio Macri, y en el Coloso del sur, Brasil, con Temer; ambos por cierto mucho más decididos y agresivos en la toma de medidas antipopulares que sus predecesores neoliberales; obliga a nuestros gobernantes progresistas a interpretar urgentemente, el impacto y los cambios que han producido sus obras de gobierno en la estructura social. No hacerlo ya, comporta una insensatez peligrosa que los coloca a las puertas de “… una elipse viciosa por la que mientras más éxito tengamos sacando de la pobreza a la población, menos votos conseguiremos por hacerlo. Morir de éxito.”29

El capitalismo y concretamente la globalización neoliberal, le han negado a los pueblos del mundo la posibilidad de una vida material mucho mejor, pero en el discurso le mantienen viva esa esperanza, de la cual, contradictoriamente, lo alejan cada vez más con sus políticas. Por su parte la izquierda progresista que ha gobernado en nuestro continente, a través de una acción coherente con el discurso del socialismo, la inclusión y la justicia social, ha garantizado a nuestros pueblos una vida material mejor, más digna; pero discursivamente no logra mantenerlos encantados, enamorados del proyecto de transformación revolucionaria; y lo que es peor, ante la menor falla, sobreviene la desilusión, la desesperanza.

En este sentido, es preciso adentrarse en aspectos referidos a la personalidad, la psiquis, las motivaciones humanas, los sentimientos, las emociones, etc., en lo que Guilli y Vásquez (2013), en su trabajo sobre la transformación revolucionaria de la personalidad, denominan el “factor subjetivo” (p. 16). La diversidad humana es compleja y es un error suponer un tipo ideal de ser humano. Hacerlo, es contradecir el carácter material, objetivo y dialéctico de las relaciones humanas. Hacer realidad una revolución, implica lograr que prevalezca lo mejor de cada ser humano, y para alcanzar tan noble fin “…es preciso abandonar la postura ingenua que idealiza a la clase obrera como la «portadora natural de los valores revolucionarios»” (idem), con lo cual se niega que muchos prejuicios pequeños burgueses, sobreviven en las masas, aun después de años de revolución.

Oglietti (2016) advierte que “… es conveniente comenzar por reconocer que en los individuos coexisten dos valores contrapuestos”30, a saber, una preferencia por el progreso material, de un lado, y por el otro una tendencia hacia la igualdad. Estos suele entrar en contradicción en diferentes etapas de un mismo proceso social. Se insiste con el discurso progresista de la igualdad, porque se cree en ello y porque el mismo movilizó a las urnas a millones de excluidos, pero no se considera la posibilidad de que el ente dinamizador haya sido más bien el otro valor, es decir, el deseo de progreso material. De ser así, entonces la igualdad no ha operado como un fin, sino más bien como el medio para el logro de las aspiraciones materiales, por lo que una vez logradas, surgen nuevas aspiraciones, para cuyo fin, la igualdad ya no es el medio más efectivo y en algunos casos compromete las nuevas aspiraciones.

La situación es compleja puesto que ambos valores se complementan y a su vez parecen mutuamente excluyente, lo que precisa atender aspectos de orden, culturales, antropológicos, otros. Por ahora, se avanzaría mucho si se asume responsablemente la idea sintética que al respecto nos regala nuevamente Oglietti:

 

…el discurso igualitario tiene techo. Cuando la clase media aumenta su tamaño y su ingreso, comienzan a percibir que el esfuerzo igualitario se recuesta sobre sus espaldas y sus nuevas aspiraciones materiales y entra en conflicto con sus nuevas percepciones ideológicas.31

 

Es una máxima marxista que el ser social determina la conciencia. La necesidad de igualar a una población que había sido excluida de condiciones dignas de vida, estimuló nuevas aspiraciones materiales que colocan a los gobiernos progresistas latinoamericanos en una peligrosa encrucijada. Es imperiosa la necesidad de acompañar esos estímulos de orden material, preferiblemente de naturaleza social; con instrumentos de índole moral que faciliten la construcción del hombre nuevo y la mujer nueva, so pena  de no terminar signados por la advertencia del Che, en el socialismo y el Hombre en Cuba:

Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas del capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etc.) se puede llegar a un callejón sin salida.32

 

 

A manera de conclusión

 

“Hoy no basta con hacer estudios económicos

o sociopolíticos, es preciso profundizar en la

personalidad para describir la fuente de

energía que permite al militante resistir y

luchar en las más difíciles situaciones”

33

 

El ser humano no nace bueno ni malo, su personalidad se gesta en un proceso histórico y se siembra en la realidad objetiva, su pensamiento es reflejo de dicha realidad, por lo que cualquier discurso que quiera incidir en la psiquis humana, debe responder a ella.

La nueva estructura social que los gobiernos progresistas de Nuestra América han sabido construir en los últimos tres lustros, caracterizada por una amplísima población que movilizada socialmente ha remozado la maltrecha clase media de los 90; nutrida por una cada vez más numerosa población juvenil, nacida en condiciones privilegiadas con respecto a sus predecesores; está ávida de nuevos discursos, capaces de reilusionar, de avivar sus esperanzas y satisfacer sus nuevas aspiraciones e intereses.

Urge reconectarse con estos segmentos; enamorarlos con nuevas propuestas, sin que ello signifique abandonar la aspiración igualitarista. Por el contrario, esta debe ser objeto de una proyección capaz de convencer a la nueva sociedad de las ventajas competitivas que tiene una sociedad de iguales, entre las que destaca la posibilidad de una vida digna de ser vivida.

La posibilidad de desarrollar competencias individuales, de crecer en lo personal, de acceder a más y mejores servicios, tecnología propia, crecimiento académico, laboral; mejores condiciones de hábitat, salud, transporte, deporte y recreación; eficiencia del Estado y del gobierno; debe ser parte del menú para el nuevo debate que demandan sociedades nuevas, que pese a lo mucho que falta por hacer, ya distan de los pueblos sumisos e inertes que dejó el tsunami neoliberal a su paso por Latinoamérica en la década perdida. Al fin y al cabo, las propuestas progresistas en esta gama de temas, superan ampliamente al conservadurismo reaccionario y la falacia neoliberal.

 

 

 

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