
Aquel 17 de febrero del 2024, Guillermo Linero Castro nos agarró por sorpresa su desaparición. Un buen hombre al que varias veces le oímos nombrar que no era un periodista, pero que quería serlo, aprendiendo de personas encumbradas como Américo Díaz Núñez el mejor periodista del estado Carabobo y embajador de Bielorrusia hasta el 2014, año de su desaparición.
Tuvimos la suerte de conocerlo de cerca. Tertulias infinitas de su pasión por las letras, así diga que él era, sólo tuercas y tornillos, pero sabía bastante de periodismo, su inquietud lo delataba. Atosigaba su ferviente amor por la causa ajena y lo hacía sin desparpajo, siguiendo al comandante Chávez a quien profesaba su cariño infinito por haber reivindicado al pobre ante las falacias inertes de la cuarta república que tanto daño le hicieron a la clase obrera de Venezuela.
Se puso en la parte peor de esos años, en el Partido Comunista de Venezuela, pudiendo ser de la oligarquía venezolana. A la razón, escrudiñaba que él venia de esa clase oprimida y despreciada por los ricos de la cuarta, que debería ser de derecha pero era de izquierda porque sería obsoleto insultar a su clase, a la misma gente de la cual él nació y pretendió defender cuando pudiera. Guillermo Linero Castro edificó una lucha constante por el periodismo bien hecho, por eso llamó a Américo Díaz Núñez para conformar el mejor periódico del Centro del País y lo logró. Todo aquel político que se dice ser político, si no ha salido en Kikiriki, no es político o está por serlo porque le falta decir que salió en este semanario. Ese debe ser el eslogan que tanto enarboló Guillermo Linero Castro, a las luces, un ser irrepetible y un periodista a carta cabal.



