
Es obligatorio elevar nuestra voz para el contundente reclamo por esta audaz aventura que tuvo como principal encomienda el secuestro de nuestro presidente constitucional Nicolás Maduro y Cilia Flores

Con este mismo título encabezábamos nuestra semanal columna a principios del mes de septiembre del pasado año y donde advertíamos los desproporcionados intentos por parte de un irracional dictado extranjero o foráneo que buscaba horadar el venerado, el insoslayable territorio patrio, ese mismo que han proporcionado los próceres y libertadores que llevaron a cabo la gesta histórica de la emancipación, que nuevamente se presenta como el más categórico argumento para el devenir y futuro de esta patria porque palpita aceleradamente en nuestra esencia y que se manifiesta dinámicamente en la voz y paso de todo un pueblo que elaboró, para siempre, su propia definición de rumbo o destino. La madrugada de un fatídico 3 de enero servía de oscuro escenario para la inadmisible afrenta, se producía la brutal agresión por parte del codicioso imperio, constituyéndose en la clara reedición de la brusca aparición de los conquistadores. No son en este caso los adelantados en procura de reparticiones y encomiendas. No son los aventureros seducidos por la existencia ilusoria de El Dorado. Se trata, simplemente, de quienes llegan en pos de nuestras inmensas riquezas petroleras y enormes recursos naturales. No vienen con la cruz como esperanza de salvación ultraterrena. Se presentaron con el madero preparado de antemano para la rápida iniciación de un prolongado calvario nacional. Ya no somos los súbditos de España, pero pretendían convertirnos en sumisos subordinados de imperios económicos cercanos. El archivo de Indias, despojado oportunamente de la arbitraria atribución de redactarnos la historia, pretenden sustituirlo por los archivos y agendas de prepotentes metrópolis hemisféricas, cuyos Capitanes Generales exhiben ahora la flamante denominación de presidentes o secretarios de estado. Allí la única razón de que haya sido transgredido nuestro solemne suelo, nuestra soberana tierra, esa misma que observó, de manera orgullosa, como se levantaban nuestros propios héroes. Se violentó el amplio recinto de Bolívar, de Miranda, de Sucre y de Chávez. Por ello es obligatorio elevar nuestra voz para el contundente reclamo por esta audaz aventura que tuvo como principal encomienda el secuestro de nuestro presidente constitucional Nicolás Maduro y Cilia Flores, ambos ostentando la indiscutible condición de ser principales referencias de un irreversible proceso revolucionario que hoy se presenta más cohesionado y elevando, con inusitada fuerza, el alegato de su inquebrantable unidad, porque ese movimiento que se encuentra en el alma y espíritu del común fue gestado por el inolvidable legado de Hugo Chávez y consolidado por el excepcional esfuerzo de nuestro presidente Nicolás Maduro. Por ello este proceso revolucionario ya no es un partido, tampoco una esporádica o circunstancial manifestación, sino que se ha transformado en un auténtico sentimiento nacional y que en la actual fecha manifiesta su apoyo incondicional a la presidenta encargada Delcy Rodríguez, que se ha convertido en el más óptimo instrumento para la continuidad del paso y en la irreemplazable vocera para asegurar el aguardado, el pronto retorno de Nicolás Maduro y Cilia Flores. Son esos los ejemplos y las actitudes merecedoras del toque de atención en las actuales coyunturas donde se pretende socavar el indómito espíritu y alma de todo un pueblo que está infinitamente vinculado con su territorio. Es sencillamente la patria la que nos evoca y recuerda nuestra misión. Se advierte entonces una de esas situaciones, muy pocas veces repetidas en el transcurso de la vida republicana, cuando abocadas las colectividades a la conquista de elevados destinos, no llega a distinguirse exactamente dónde termina el civil y comienza el soldado. Se pone de manifiesto igualmente uno de los rasgos característicos de nuestra idiosincrasia, consistente en el afán de proyectar hacia afuera, hacia el exterior, la férrea imagen del compromiso ante dificultades e inaceptables amenazas. Por ello Delcy encabeza la cruzada por la reivindicación de Venezuela, esa misma nación que aguarda el retorno de dos de sus imprescindibles hijos, Nicolás Maduro y Cilia Flores. En estos momentos se puede sentir cabalmente que la expresión “Nosotros Venceremos” deja de ser una coyuntural consigna para convertirse en una indeclinable convicción, en un verdadero credo. Y esa es la verdad.
@CESARBURGUERA
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