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Opinión. «La humillación como estrategia: Una lectura feminista al episodio Machado – Trump» Maritza Sanabria 

Lo que vimos recientemente en Washington con María Corina Machado no fue un simple error de protocolo o una reunión fallida; fue una bofetada de realidad patriarcal que todas las mujeres, especialmente las que hacemos política desde la izquierda y la soberanía, debemos analizar con crudeza.
Ver a una mujer que se ha vendido como la «Dama de Hierro» buscando desesperadamente la validación de un personaje como Donald Trump quien no ha tenido reparo en decir públicamente que ella «no tiene el respeto» de los suyos es, sencillamente, bochornoso. Pero más allá del espectáculo, lo que hay de fondo es el funcionamiento perfecto del patriarcado colonial.
Machado llegó a ofrecer su Premio Nobel de la Paz como si fuera una ofrenda. Ese gesto lo dice todo: es la mujer entregando su mérito, su reconocimiento y su autonomía al «Gran Padre» para ver si así, por fin, la acepta en el club. Es la búsqueda de una validación masculina que nunca llega, porque en la derecha liberal las mujeres no son aliadas, son peones geopolíticos. Son rostros que se usan para suavizar agendas de intervención y despojo, pero que se desechan en cuanto el patriarca decide marcar territorio.
Compárenlo con el trato que recibió Juan Guaidó. A él lo recibieron con alfombra roja en la Casa Blanca, con los honores de un «presidente» que nunca fue. ¿Por qué? Porque entre hombres, la solidaridad es automática. Es la «fraternidad de los machos»: a Guaidó se le reconoció por ser parte del mismo sistema, mientras que a Machado se le somete a un examen constante y se le humilla en público. A él se le dio una silla; a ella, un recordatorio de que no es digna de respeto.
Desde el feminismo de izquierda, tenemos que decirlo claro: esta es la máxima traición a la Patria. No hay liberación posible para las mujeres venezolanas bajo el tutelaje de potencias extranjeras que solo ven en nuestro país un botín de recursos. Entregar la soberanía a cambio de una foto o un espaldarazo es renunciar a la dignidad de todo un pueblo.
El patriarcado no tiene aliadas. Este episodio nos enseña que el camino no es la adulancia al imperio, sino la construcción de un poder propio, soberano y descolonial. La política feminista no se arrodilla ante caudillos extranjeros; se construye en la calle, con las mujeres que sostienen la vida y que saben que la Patria no se vende, ni se entrega por un trozo de validación que, al final, siempre termina en desprecio.

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